—Vamos—dijo éste.—Mi hermano se ha enternecido y quiere que yo tome bajo mi amparo á ese mal hombre. Es un miserable; pero la caridad cristiana, amigo Daniel, nos manda perdonar y compadecer.
XXIV
Una obra de caridad.
Ambos bajaron. En el jardín estaba don Angel, y frente á él un lastimoso terceto de muchachos llorones, los puños en los ojos, los sucios rostros llenos de babas y de tierra, que con las lágrimas se amasaba.
—Vamos á ver, ¿qué es eso?—preguntó don Juan, tirando suavemente de la oreja á la pequeñuela.
La aflicción no les dejaba contestar.
—Que el teniente cura ha despedido á Caifás por orden de D. Silvestre—dijo Su Ilustrísima.—Pero, hijos míos, si vuestro padre es malo, ¿cómo queréis que esté en la Iglesia?
—¡Buena pieza es el tal Mundideo!—exclamó Lantigua.—¿Y qué más le pasa? ¿Que ha perdido toda la ropa por no haber podido pagar á la Cárcaba?
—Sí, se... se... se... ñor—gimió Sildo.