—¿Y que D. Juan Amarillo le ha echado de la casa de Arriba, y le va á llevar á la justicia?

—Sí, se... se... ñor.

—¿Y que os habéis quedado sin casa?

—Sí, se... se... ñor.

—Estos pobres niños están desnudos—dijo D. Angel.—Es preciso darles algo de ropa.

—De eso se encargará mi hija. ¿En dónde está Gloria?

—Ha salido al camino á hablar con Caifás, que no ha querido entrar porque le da vergüenza.

—Y con razón. No pienso hacer nada por él. Estoy cansado de favorecerle. Le daré para comer y ropa para estos niños; pero nada más.

Gloria apareció entonces por la puerta del jardín. Sus ojos encendidos anunciaban la aflicción de su alma.