—Papá—dijo, secando sus lágrimas,—ahí está Caifás. Dice que quiere hablarte, y que te contará lo que le pasa si no te enfadas.

—¡Pobre hombre!—dijo Lantigua mirando á Morton.—Mira, Gloria, prefiero que tú me cuentes lo que le pasa á ese tunante.

—Pues le han echado de la sacristía.

—Bien merecido.

—Y D. Juan Amarillo le ha embargado lo único que le quedaba ya, las herramientas de carpintero.

—Ya se ve. No parece sino que D. Juan Amarillo tiene el dinero para que Caifás lo gaste en beber.

—Y él y sus hijos han andado desde ayer pidiendo limosna por los caminos.

—Basta—dijo D. Juan gravemente.—Aquí entra la caridad. Dales hoy de comer. Puedes decirle que mande á los chicos todos los días.

—Vendrán—dijo Gloria con alegría.

—No, lo que es él no tiene que poner los piés en casa.