—Venga usted.

—¡Oh! no: tengo que hacer. Primero rezar, luégo despachar el correo para la diócesis. Vete á la dulcísima faena de tus caridades, que yo me quedo aquí.

Un rato después, Gloria tomó su sombrilla y salió. Atravesando la plazoleta y una calleja rodeada de higueras y zarzas, pasó á un grande y hermoso prado que frente á la casa se extendía, y al cual cruzaban dos ó tres veredas. Iba con la vista fija en el suelo, despacio, deteniéndose á ratos, como si los pensamientos que seguramente ocupaban su mente se le pusieran delante para no dejarla pasar. Otras veces alzaba la vista al cielo y miraba cruzar las bandadas de pájaros, volviendo los ojos conforme ellos torcían el raudo vuelo, y siguiéndoles hasta que sólo eran puntos temblorosos que se borraban sobre la inmensidad azul.

Pasó por el sitio en que estaban los cinco castaños llamados Mandamientos, antiguos ejemplares llenos de cicatrices, ya mil veces podados, pero que devolvían las injurias del hacha con bendiciones, es á saber, con castañas. Luégo atravesó una mies, donde los frescos plantones de maíz sostenían en sus primeros pasos á las tiernas alubias, viendo correr por entre sus piés á las holgazanas y rastreras calabazas. En seguida tuvo que descender por una pendiente, desde la cual no se veía ya la casa de Lantigua, ni ningún edificio de Ficóbriga, á excepción de la torre. Allí había tres vacas, que mientras pasó, se quedaron mirándola sin pestañear. Pasando después por un pequeño hueco abierto entre las zarzas, árgomas y helechos de una cerca, Gloria penetró en los dominios de Caifás. Al acercarse sintió la voz de éste que cantaba. La señorita dijo para sí:

—Muy contento está Mundideo.

Los tres chicos corrieron á su encuentro gritando:

—¡La señorita Gloria, la señorita Gloria!

Caifás salió á la puerta de su casa, que más bien era choza, y al ver que era verdad lo que sus pequeños decían, soltó el martillo de la mano, y de la fiera boca, como espuerta, una carcajada de alegría.

—Señorita Gloria, Divina Pastora, ángel del cielo, bien venida sea usted á mi casa... ¡bien venida!