—Alegre estás.

Mundideo, no creyendo que las risas expresaban bien su gozo, dió un brinco en el aire.

—Esas risotadas y esas cabriolas—dijo Gloria sentándose en una piedra que junto á la casa había,—no sientan bien en la persona de un desgraciado que acaba de sufrir tan terribles golpes.

—Si yo no soy desgraciado, si no he recibido golpes, si llueven sobre mí felicidades.

—Vamos, tú has perdido el juicio—dijo la señorita mostrándole el lío de ropa que traía.—Si me prometes ser hombre de bien, ser arreglado y económico, te auxiliaré con un poco de...

Gloria mostró el papel que contenía el dinero.

—¡Dinero!—exclamó Caifás.—Si no necesito nada, si soy rico...

—¡Rico tú!—exclamó la de Lantigua con enojo.—No te burles de mí.

—¿Burlarme yo de mi ángel divino? Es verdad lo que digo, señorita—manifestó Caifás tomando aire de persona formal.—¿Usted creerá que mi ropa y mis colchones están en casa de la Cárcaba? Patraña: ya están aquí. ¿Usted creerá que mis herramientas están embargadas? Patraña: aquí las tengo todas. ¿Usted creerá que yo debo algún dinero á don Juan Amarillo? Patraña: aquí tengo los recibos que me devolvió.

—¿Le has pagado?—preguntó Gloria.