—Cuatrocientos treinta y dos pesos. A esto ascendía mi deuda, que empezó por mil reales, y con los pícaros intereses ha ido subiendo, subiendo como el humo del incienso que no para hasta el techo y llena toda la Iglesia.
—Tú deliras.
—Creí delirar ayer, cuando...
—¿Te has desempeñado, has arreglado tus asuntos?...—dijo Gloria llena de confusión.—Explícame ese milagro.
—¡Ahí está la palabra, señorita de mi alma!—exclamó José con acento de predicador entusiasmado.—Milagro. Yo creía en los milagros; pero tenía cierta comezoncilla por ver alguno, y decía: ¿por qué ahora no hay milagros? Pues bien, señorita de mi alma, ayer he visto un milagro.
—Vamos, te has encontrado un tesoro—dijo Gloria riendo.
—No es eso. El tesoro ha venido en busca mía. Dios...
—¡Dios! No llames Dios á la lotería. ¿Te ha tocado el premio gordo?
—Nunca jugué.