—No debe ver lo que hace tu mano derecha.» No son todos como el señor cura, que cuando da dos duros á los pobres, ó les reparte el pescado podrido, ó saca á algún mal nadador de la ría, manda un relato retumbante de ello á todos los papeles de Madrid.

—¿Quién, quién ha sido?—preguntó Gloria con verdadera ansiedad.

Oprimió el lío de ropa contra su pecho, cual si sintiese insaciable y vivísimo anhelo de abrazar á alguien.

—No lo puedo decir—repitió Mundideo bajando los ojos.

—Y si yo dijese quién es y acertase, ¿me dirías que sí?

—Entonces...

—Pues ha sido el Sr. Morton.

—¡Ah, señorita Gloria! ¿Por qué lo ha adivinado usted?... El extranjero, el del vapor... Yo no sé su nombre; pero es el que se parece á nuestro Divino Redentor.

—Ningún hombre se parece á nuestro Divino Redentor—objetó la de Lantigua.—No blasfemes.