—Se le parece en la cara. En las acciones le obedece, ¿no es verdad?... ¡Ay! señorita de mi alma, yo he cometido una falta. Me hizo jurar que no lo revelaría á nadie... pero usted no es nadie, señorita Gloria, quiero decir que usted no está comprendida en eso de... nadie, porque usted es la Divina Pastora, un ángel del Cielo.

—Yo no revelaré el secreto—dijo la de Lantigua dominando su emoción, la cual era tan grande, que apenas la dejaba respirar.—Pero díme cómo vino, cuándo, qué habló contigo.

—Hablamos poco. El estaba ya enterado de mi situación. Preguntóme cuánto debía... ¡Ay! yo había cantado muchas veces en el coro: «Alzad, oh príncipes, vuestras cabezas, y alzáos vosotras, puertas eternas y entrará el Rey de gloria...» mas Caifás el feo, Caifás el malo, no había visto que se abrieran las puertas ni que entrara para él ningún Rey de gloria... pero ayer ví eso, ví como se suele decir, abierto de par en par el Cielo, cuando ese hombre me dijo: toma, y me dió de un golpe todo lo que necesitaba.

—Es muy rico—dijo Gloria.

—Más rico debe de ser D. Juan Amarillo, y sin embargo... Cuando mi favorecedor, mi enviado de Dios, alargó su mano y me puso el dinero aquí y cerró el puño con sus propios dedos, yo le miraba creyendo soñar. Me volví tonto: ni siquiera supe darle las gracias. Después me eché de rodillas, y llorando le besé los piés. El me levantó; y abrazándome... ¡porque me abrazó, señorita!... abrazándome, díjome que su acción no tenía nada de particular.

—¿Y no te reprendió tus faltas, no te dijo que fueses bueno?

—Me dijo: «Tú no eres perverso, sino desgraciado. Sé siempre hombre de bien,» y nada más. Yo estaba aturdido. Creí que Dios había entrado en mi casa, y cuando el caballero del vapor partía en su caballo, me volví á poner de rodillas.

—¿Y no te dijo nada más? ¿No te habló?...

Gloria se detuvo, como si no acertara con la palabra más adecuada para expresar su idea.

—¿De que?