—¿Pero qué, temes que Gloria?...
—No, no temo nada... ¿Cómo puedo imaginar que mi hija...? Hay aquí un abismo insuperable, la religión, y ante ese obstáculo creo que, no ya el buen juicio, sino la fantasía misma y la sensibilidad de una muchacha educada en el catolicismo deben detenerse. No puede ser de otro modo... Pero con todo, aunque es grande mi confianza en ella, bueno es alejar hasta la más remota probabilidad.
—Me parece que has hablado cuerdamente—dijo D. Angel.—Por mi parte nunca sospeché que pudiera suceder lo que tú temes. No concibo que, existiendo el obstáculo religioso, pudiera nacer el amor en una mujer de verdadera piedad.
—Querido Angel, no debe olvidarse que el amor es puramente humano.
—Y la religión divina, sí; pero...
Don Angel se confundía.
—Nada que sea humano es imposible—afirmó D. Juan.—Por consiguiente, alejemos las ocasiones.
—Dices bien; nada se pierde en ello.
Después de este breve coloquio, D. Juan se dió la encerrona de costumbre, calentándose la cabeza con lecturas y el contínuo escribir. Por la tarde dijo á su niña:
—Ya sabes que se va el Sr. Morton. Acaba de entregarme una cantidad considerable para los pobres de Ficóbriga. Entre tú, Angel y yo la repartiremos.