Gloria no respondió nada; mas á pesar de sus esfuerzos por aparecer serena, D. Juan creyó ver alguna nube en aquel puro cielo del espíritu de su hija.

—¿Qué tienes?—le preguntó sorprendido y receloso.

—Nada—respondió.—Pensaba que no va á haber pobres para tanto dinero.

—¡Oh! Sí habrá. Ve buscando. También ha dado para las pobres monjas de ***. Ya se ve. El dinero es para este hombre como para nosotros la arena de la playa.

—Pero no es él como el rico avariento.

—Eso no lo sabemos.

—¿Cree usted que no se salvará?

—Pregúntaselo á tu tío—dijo D. Juan riendo, á punto que D. Angel entraba en el despacho.—Oye, Angel, el problema que plantea esta chica. Me pregunta si Morton podrá salvarse. ¿Cuál es su religión? Se me figura que no tiene ninguna.

—¡Salvarse, salvarse!...—indicó el obispo frunciendo el ceño.—Ni siquiera sabemos á punto fijo cuáles son sus creencias. ¡Salvarse! ¿Piensas que esa cuestión puede resolverse con una palabra? Según y conforme se encuentre su alma. ¡Quién sabe las vicisitudes de ésta en el momento de la muerte!... Pero aquí sale el Sr. Morton dispuesto á abandonarnos.

Morton se inclinó respetuosamente para besar el anillo á Su Ilustrísima. Después dió la mano á D. Juan y á Gloria. Estaba ligeramente conmovido, lo cual á los dos hermanos no causó extrañeza, porque también ellos no veían con indiferencia la partida del náufrago. Su caballo le aguardaba en la plazoleta. Dos horas antes había mandado todo su equipaje con Gasparuco.