—¿Por qué siendo buenos los dos, vivimos como criminales? No hemos faltado á ninguna ley de Dios, y sin embargo, huímos como el incendiario que ha pegado fuego al techo del rico. ¿Por qué es esto?
—Eso pregunto yo, ¿por qué? Dios mío, ¿es posible que Tú hagas esto?
—El no lo hace—dijo Daniel con melancolía.—Estamos tocando la obra de estas sociedades perfeccionadas, que juzgándose dueñas de la verdad absoluta, conservan las leyes de casta como en tiempo de los filisteos.
—Yo he pensado anoche que lo que los hombres han hecho los hombres pueden deshacerlo—repuso Gloria, regocijándose en contemplar el semblante de Morton, cuya hermosa mirada parecía descender de lo alto de la cruz.—No es tan difícil. Estudiemos un medio... ¡Pero es particular que siempre, por más que nos propongamos lo contrario, hemos de hablar de cosas tristes!
—¿No ves que hablamos de religión? Y la religión es hermosa cuando une; horrible y cruel cuando separa.
Morton acercó su rostro, fijando la vista en los ojos de la señorita de Lantigua.
—¿Qué miras?—preguntó ésta retrocediendo un poco.
—En tus pupilas negras—dijo Daniel riendo,—estoy viendo el mar y el cielo. Es admirable lo bien que se reproduce en esa pequeña convexidad todo el paisaje. Cuando pestañeas se borra y luégo vuelve á aparecer.
—No atiendas á tonterías y piensa en lo que te he dicho...—replicó Gloria.—Mira, tienes una cosa en la barba...