—¿Qué?... ¿aquí?—dijo Morton echando mano á la barba.
—No, más hacia la boca. Es un gusanito muy chico que ha caído de las ramas de un pino.
—¿Aquí?
—No tanto... Más hacia la boca. Aquí.
Diciéndolo, arrancó Gloria con los dedos, de la barba de su amado, el extraño objeto y le tiró lo más lejos que pudo.
Como se caza una mariposa al vuelo, Daniel le cazó la mano y se la besó con afán, diciendo:
—Gloria, ¿de qué quieres que hablemos? Si nada podemos decir que no sea triste como los pensamientos del condenado á muerte...
—Nosotros también somos condenados á muerte—dijo la señorita retirando su mano.—Y lo que es peor, condenados inocentes...
—Como del presidio los presidiarios—dijo el hamburgués;—nosotros sacamos de nuestras cunas una marca en la frente. Nadie en el mundo nos la puede quitar.