—¡Oh, grandeza del sacrificio! No, no es tanto lo que yo pedía—manifestó Morton con energía.—Noble y hermosa es tu alma, Gloria. Si como dices, nos separamos para siempre, déjame que te vea algún tiempo más. Piensa en mi soledad, que va á ser como la de los mares, siempre revueltos en sí mismos, en su lejana inmensidad sin testigo. Gloria, vida mía, sol de mi vida: óyeme, no me dejes así. Si cuando desaparezcas de mis ojos quedo con recelo de haberte ofendido, padeceré mucho...
Gloria se levantó.
—Todavía no, aguarda—dijo él deteniéndola.—Grande es mi fe en quien hizo los cielos y la tierra, en quien á tí te hizo. Poniéndole por testigo, juro que te adoro, que de mi boca no salió expresión que no fuese verdad, que jamás, mientras respire, ningún otro amor más que el tuyo entrará en mi pecho, ni en mi memoria otro recuerdo que el recuerdo de tí.
La infelíz joven sentía temblar las manos de Morton que le oprimía sus manos, y en su rostro sentía el aliento de él y la reverberación de sus ardientes miradas. La doncella se agitó gimiendo, como la espiga devorada por la llama. Su corazón se deshacía.
—Gloria—añadió él con el acento de quien llama al que no ha de responder;—Gloria, yo arrastraré toda mi vida un remordimiento muy pesado, si no te confieso ahora que soy un malvado, porque no debí amarte y te amé, porque no debí mirarte y te miré. Tus ojos, tu gracia, tu hermosura, tu bondad y tu alma toda me cautivaron... Olvidándome de las leyes terribles que nos separan, me acerqué á tí. Reconozco que mi deber entonces era huir, huir antes que el mal fuese irremediable; pero fuí débil, conocí que me amabas, y tu espíritu encadenó al mío. Se necesita ser Dios para no caer en este lazo. Ya viste mi conducta. En vez de abandonar á tiempo tu casa, quedéme en ella. Después creí que un favor especial del Cielo allanaría los obstáculos; pero ha pasado el tiempo, y los obstáculos subsisten más terribles é imponentes cada día. Ha llegado la hora del envilecimiento ó de la retirada, y tú me das el ejemplo. Tú eres grande; sabes hacer lo que yo, miserable, no supe. ¡Maldito sea yo, que ví la felicidad y no la pude poseer! Te devuelvo á tu casa, á tu religión, y te devuelvo pura, inmaculada... Por Dios, ¿no ves, no ves clara y patente la honradéz de mi alma?
—Sí—respondió Gloria entre angustiosos sollozos.
—¿Conservas alguna sombra de recelo con respecto á mí?
—No.
—¿Me creerías digno de tí, si una fatalidad de nacimiento no lo impidiera?
—Sí.