—Pues ahora—dijo resueltamente el extranjero levantándose,—separémonos.

—Para siempre—añadió Gloria levantándose también.

Pálida y grandiosa en su dolor, semejaba el ángel de la muerte cuando viene á llevarse un alma. Daniel la abrazó. La señorita de Lantigua ocultó la frente en el pecho de su amigo, regándolo con lágrimas breve rato.

—Dame un recuerdo tuyo—dijo Morton.

—La memoria fiel no necesita recuerdos materiales.

—Es verdad: yo no los necesitaré; pero si te vas, no te vayas toda. Dame aunque sea un cabello.

Gloria se llevó la mano á la cabeza y separó de ella una mata de pelo.

Sonriendo en medio de su pena, con esas terribles palpitaciones ó vagidos humorísticos que tiene el dolor, dijo:

—No hay tijeras.

—No importa—dijo Morton.—Lo cortaré yo...