Y con los dientes, en medio minuto, cortó el pelo.

—Es casi de noche.

—Para mí ya todo es noche—murmuró el extranjero.

Se separaron algunos pasos; pero volvieron á juntarse. Eran como la playa y la ola, que siempre parece que huyen la una de la otra, y siempre se están abrazando. Por fin, cuando la noche avanzó más, por los cerros lejanos, tierra adentro, se veía un ginete que marchaba despacio, inclinada la cabeza sobre el pecho. Su figura negra no era favorable á la armonía del risueño paisaje, y parecía que después que él pasaba todo volvía á estar alegre.

Hacia Ficóbriga caminaba Gloria arrastrando la pesadumbre de su dolor, como el imitador de Cristo á quien éste ha dicho: «toma tu cruz y sígueme.» Todo en derredor suyo respiraba paz y el dulce reposo de los campos. Volvían los bueyes de las praderas y del trabajo, lentos, paso á paso, cabeceando con las pesadas testas y sus nobles semblantes llenos de gravedad. Las mujeres de la aldea iban en opuesto sentido, llevando sobre la cabeza largos panes de más de media vara, y los pescadores ponían á secar sobre el altozano de la Abadía las húmedas redes, en cuyas mallas brillaban aún como limaduras de plata las escamas de las sardinas.

Todo esto lo vió Gloria, y todo se vestía de aquel fúnebre luto de su alma.


XXIX
Se fué.