Lo confesó todo, absolutamente todo; rebañó en su conciencia, sacando de ella hasta las últimas heces, y á medida que iba sacando, respiraba con más desahogo, porque verdaderamente su carga era grande.
Durante la confesión, un indiscreto que se acercase habría oído suspiros y sollozos, y alguna palabra suelta del buen pastor de Cristo. Cuando concluyó, D. Angel no estaba sereno. Su bondadoso rostro, que según la expresión de un entusiasta amigo suyo, era un pedazo de Paraíso, tenía cierta movilidad que no puede definirse; desconsuelo semejante al de los que presencian la desaparición instantánea de una cosa muy bella, sin poderlo evitar ni tampoco enojarse. Se quedó D. Angel como Tobías cuando vió desaparecer para siempre el ángel que le acompañara tanto tiempo.
Después de rezar brevemente, ordenando á su sobrina que hiciese lo mismo, le dijo con voz muy triste:
—Hija mía, no te puedo absolver.
Gloria inclinó la cabeza con sumisión.
—Por ahora—añadió el prelado,—procura serenarte... descansa. Salgamos un momento al jardín ó á paseo, y hablaremos despacio.
La pecadora corrió á tomar el sombrero y el bastón de su tío.
—Por cierto—dijo éste,—que no me gusta que tu padre ignore estas cosas. Yo no le puedo decir una palabra, si no me autorizas para ello, del mismo modo que si no te hubiera oído en confesión.
—Quiero que lo sepa—dijo Gloria;—yo me confieso á los dos.
—Muy bien, me parece muy bien... No te sofoques. Vamos á dar una vuelta.