Saliendo ambos de paseo hacia la Pesqueruela, el prelado se expresó así:

—Te dije que no podía absolverte. Ahora sabrás por qué. No es la causa de mi rigor que hayas amado. Eres muchacha y la ley natural, en esta tu edad florida, despierta inclinación hacia otro sér, la cual, si es honesta y va bien dirigida por el discernimiento, puede producir bienes, conduciendo al servicio de Dios. Bien es verdad que hallo en ese afecto tuyo demasiado ardor, y es de tal suerte, que más parece desasosiego de un alma llagada y enferma, miserablemente ansiosa, como dice San Agustín.

»También es muy vituperable que hayas guardado secreto. Esas entrevistas ocultas son muy impropias de una doncella pudorosa y bien educada. Lo que se esconde no puede ser bueno. Sin embargo, este pecado, con ser tan grande y tal que jamás lo creyera en tí...

A Su Ilustrísima se le turbó un poco la voz por la emoción; mas dominándose, prosiguió:

—Con ser tan grande tu pecado, no es imperdonable, mayormente sí estás dispuesta, como has dicho, á arrojar de tí esa insensata llama, sofocándola con una aspiración firme hacia el único soberano amor, que es el de Dios.

»Para que veas cuán grande es mi tolerancia, te perdono también el que hicieras objeto de tu pasión á un hombre que vive fuera de nuestra santa fe, porque en verdad debiste cerrar prontamente tu herida, negándole al alma toda comunicación y roce con el alma de un hereje. Y reconociendo yo la seducción aparente de las prendas morales de ese joven, á quien estimé mucho, extraño que tú pudieras hallar verdadero encanto amoroso en quien carece de la principal y más valiosa hermosura, que es la de la fe católica... Pero me has manifestado tu firme propósito de renunciar á la inquietud tenebrosa de ese amor, lo que es verdaderamente un mérito en tu flaca edad, y esto basta para obtener mi indulgencia. Hasta aquí vamos bien, hija mía; pero la desconformidad empieza ahora, y voy á manifestártela claramente.

Gloria atendía con toda su alma.

—Pues bien, hija mía—continuó el venerable señor;—la causa de mi enojo contigo es que, según me has confesado, han nacido en tu espíritu y lo han anublado, de la misma manera que los vapores cenagosos obscurecen la claridad y limpieza del sol, ciertas ideas erróneas contrarias de todo en todo á la doctrina cristiana y á las decisiones de la Iglesia. El mal no está precisamente en que te hayas contaminado de esos errores, pues el enemigo, que vigilante acecha el estado de flaqueza para verter en la oreja del hombre la ponzoña, pudo sorprender tu alma é inficionarte de la pestilencia. A estos percances están sujetos todos los hombres, aun los más fuertes; pero viene de improviso la saludable reacción del alma, se aclara el sentido, entra poderosamente la gracia, y el error huye como los demonios arrojados del cuerpo, entre alaridos. Tú no has gozado de este beneficio de la limpieza de tu entendimiento, sino que conservas tus errores, estás encariñada con ellos, según me has dicho, los tienes enclavados en tu espíritu como el rótulo de ignominia que los judíos pusieron en la cruz, y en vez de arrancártelos y arrojarlos al fuego, los acaricias. ¿No es esto lo que me has querido decir?

—Sí señor—repuso la penitente con respeto, pero también con seguridad.

—Pues bien, estás infestada de una pestilencia muy común en nuestros días, y que es la más peligrosa, porque tomando cierto tinte de generosidad, á muchos cautiva. Es lo que llamamos latitudinarismo. Tú dices: «Los hombres pueden encontrar el camino de la eterna salvación y conseguir la gloria eterna en el culto de cualquier religión...» Pues bien, esa proposición está condenada por el Soberano Pontífice en las Encíclicas Qui Pluribus y Singulari quadam, y en la alocución Ubi primum. Tú dices: «Todo hombre tiene libertad para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, creyera verdadera...» Pues bien, esta proposición está condenada en las Letras Apostólicas Multiplices inter, y en la Alocución Maxima quidem... ¿Qué te parece?