Don Angel frunció el ceño.
—Veo—dijo con cierta severidad,—que tu llaga crece, crece que es un primor. ¡Oh! ¡cuando tu padre sepa esto!... ¡él que sobresale por sus estudios ortodoxos y la claridad con que ha sabido deslindar la verdad del error en las abominables luchas de la época presente!...
—Mi padre y usted me convencerán de seguro—dijo Gloria, inclinando con humildad la frente.
—¡Te convenceremos!... y lo dices como si fuera tarea larga... ¿De modo que te encastillas en tu error, y te cercas de la muralla de una terquedad y reincidencia más abominables que el error mismo?... Gloria, Gloria, hija mía, por Dios, vuelve en tí. Mira que no puedo absolverte si no desechas esos pensamientos, si no los arrojas con espanto de tí, como arrojarías un animal inmundo que te mordiese.
—No hay mayor tormento para mí—declaró la señorita de Lantigua,—que estar separada de usted y de mi padre por cosa tan pequeña, tan vana como es un pensamiento que á cualquier hora puede mudarse. Pero si ahora le dijese á usted: «tío, ya he desechado el mónstruo asqueroso, ya estoy limpia de errores,» hablaría con la boca y no con el corazón, porque esas ideas que he dicho no se van de mi cabeza con sólo decirles vete. Están tan arraigadas, que no puedo echarlas fuera. Invoco mi fe en Jesucristo á quien adoro, y mi fe en Jesucristo no me dice nada contra ellas.
—¡Chiquilla, por Dios, por la Virgen María!...
—¿No sería peor que el error mismo, negarlo con los labios, careciendo de fuerza interior contra él?
—Eso sí. ¿Pero estás loca? ¿Has perdido acaso la gracia divina y los preciosos dones del Espíritu Santo?
—No sé, tío de mi corazón, lo que he perdido. Sólo sé que me será muy difícil convencerme de que no son verdaderas las ideas que usted desaprueba. No quiero mentir, no quiero ser hipócrita. Aquí está mi alma abierta hasta lo más recóndito, para que usted mire dentro de ella. No puedo hacer más; no puedo violentar mi conciencia.
—De modo que para tí nada vale la autoridad... ¡Veo que marchas de herejía en herejía!—exclamó D. Angel con verdadero espanto.