—Pues si estoy en error, si estoy tocada de herejía—dijo Gloria,—declaro que deseo no estarlo; que haré todo lo posible para limpiarme de ella, pero entretanto, ¡oh, buen pastor mío!, huyo de la mentira, huyo de confesarme creyente en ciertos puntos que no creo, porque no es capricho lo que me obliga á pensar lo que pienso, sino una fuerza poderosa, una llama tan viva como perdurable que hay en mi entendimiento.
—De modo que te rebelas... ¡Gloria, por amor de Dios, considera bien lo que dices!—exclamó Su Ilustrísima lleno de tribulación.
—Tío, tío mío, si pierdo el amor de usted—dijo Gloria derramando lágrimas,—me parecerá que estoy ya condenada.
—Y lo perderás, lo perderás, lo perderás todo—afirmó D. Angel cada vez más severo.—Esto no puede quedar así. ¿Me autorizas para hablar á tu padre?
—Ya he dicho que sí.
—Pues vamos á casa—dijo el prelado levantándose.
No hablaron más. Por el camino, D. Angel pensó que los ejercicios de piedad, combinados con un saludable sistema de paciencia y de exhortaciones delicadas, cual convenían á la delicadísima alma de Gloria; cierta reclusión y un comercio muy frecuente con las cosas santas, curarían aquella lepra que había tocado el privilegiado espíritu de su sobrina.
Esta, andando hacia la casa, absorta, pensativa, triste, oía zumbar en su oído la funesta voz que há tiempo, en sus desvelos y en sus meditaciones, le decía:
—Rebélate, rebélate. Tu inteligencia es superior. Levántate; alza la frente, limpia tus ojos de ese polvo que los cubre, y mira cara á cara el sol de la verdad.