—Y el palo y el cuchillo y cuanto hay que coger. ¡Ó ellos ó nosotros!—vociferó D. Silvestre.
—Justo es—dijo D. Juan mirando á su hermano,—que tomemos las mismas armas que ellos usan contra nosotros. Si sólo se tratara de nuestras vidas, moriríamos; pero la Iglesia está en nuestras manos y no podemos abandonarla.
El abogado, el seglar, se expresaba así, con el tono de la autoridad irrecusable, mientras el sacerdote, el pastor callaba, aceptando su papel de pasiva bondad. El uno tenía la idea, el otro el prestigio exterior; el uno la iniciativa, el otro las bendiciones.
Durante largo rato, el despacho de D. Juan fué un hervidero de planes, de noticias, de amenazas, de religiosidades mezcladas con mundanos ímpetus. Al fin, D. Angel y Rafael pasaron á la sala, donde Gloria recibió á éste. El distinguido joven se empeñó con cierta fatuidad en llevar la conversación al punto para él interesantísimo de su reciente triunfo; pero Gloria, que derramaba su resplandor en las cumbres del espíritu, estaba demasiado alta para deslumbrarse con la débil luz de un fósforo.
Oyéndoles, D. Angel sentía en su alma profunda pena, sabedor, como era, de dos sucesos igualmente deplorables: el desaire que había hecho la pícara á las gracias y perfecciones del soldado de Cristo, y su detestable afecto á un extranjero impío; pero respetando los designios de Dios, bajaba sus párpados orando para sí, y enlazaba los dedos de ambas manos; rozando una con otra la yema de los pulgares.
—Dios lo ha dispuesto así—pensó.
Romero bajó también á saludar á la señorita de la casa.
—Una queja tengo de usted, señor cura—le dijo Gloria, después que le oyó alabarse de sus recientes hazañas.
—¿Cuál, querida niña? ¿Una queja de mí?
—Que mandara usted arrojar de la sacristía al pobre Caifás. ¿No es un dolor...?