—¡Ah, tunante, borracho! Pero no debe quejarse; pues según me han dicho, está hecho un potentado.
—¡Ah, sí!...—murmuró Gloria turbándose.
—Al entrar en Ficóbriga, supe que Mundideo ha pagado todas sus deudas y desempeñado toda su ropa... Vamos, que está rico.
—Mi sobrina y yo—dijo Su Ilustrísima sonriendo,—le dimos algún socorro, pero no era para tanto. Si no se ha repetido el milagro de la multiplicación de los panes...
—Para milagros estamos—añadió el cura.—Aquí no ha habido sino latrocinio. ¡Oh! es mucho pájaro aquel Caifás.
—¡Señor cura, por Dios!—exclamó Gloria con indignación.
—Qué, ¿me equivoco? ¿Pues de dónde saca Caifás tanto dinero?
—Se lo habrá dado alguien.
—¡Oh, sí!... eso dice él. ¿Pues no tiene la poca vergüenza de decir que Daniel Morton se lo dió?
—Y será verdad.