—Yo no lo creo. D. Juan Amarillo, que entiende mucho de estas cosas, me ha dicho que está alarmadísimo... Ha contado su dinero; está seguro de que no le falta nada... sin embargo, no puede desechar cierto recelo...
—Sí—dijo D. Juan, que á la sazón entró.—En todo Ficóbriga no se habla más que de las riquezas de Caifás. Parece que me está componiendo la casa. Vamos, yo no salgo mal.
—Mi opinión—afirmó el cura,—es que no debe levantarse mano hasta averiguar lo que hay en esto. Ya el Juzgado está decidido á intervenir.
—¿Por qué? es una iniquidad—afirmó Gloria con ardor.—Esto no debe consentirse... y no lo consentiremos.
—Ya está mi hija en su elemento—repuso Lantigua,—es decir, ocupándose excesivamente y con gran furor de una frívola cosa, que nada le interesa.
—Me ocupo de salvar de la calumnia á un inocente.
—¿Y cómo sabes tú que es inocente? Vamos á ver... Lo mejor es no hacerte caso y dejarte con tu tema... Con que, señores, vámonos á comer. Hoy es día de alegría.
El cura les detuvo antes de pasar al comedor, y solemnemente habló así:
—Señores, señores...
—¿Tenemos discurso?—preguntó D. Juan viendo que, después del vocativo, el buen párroco alzaba el brazo derecho en la actitud más ciceroniana.