—Señores: espero que mañana todos los presentes, empezando por Su Ilustrísima el reverendo obispo de *** y acabando por nuestro insigne y valeroso diputado Sr. del Horro, me honrarán aceptando mi mesa y una hidalga reunión en mi finca del Soto de Briján. De esta manera sencilla, y por medio de una frugal comida, pienso que celebremos nuestra victoria, sin ruído, sin mundano estrépito, sin pompa, sin jactancia, como se reunían los primitivos cristianos en aquellos piadosos banquetes...
Don Juan vió que el cura iba tomando un tonillo de sermón harto enojoso en hora de grande apetito, y dijo así:
—Aceptado, aceptado. Mas por ahora, vamos á lo que está más cerca. A la mesa, señores.
Bien pronto estuvieron todos reunidos en la mesa de D. Juan, que era suculenta á pesar de ser de vigilia por marcar el Almanaque el 24 de Julio.
—¿Con que aceptan ustedes?—preguntó Romero.
—¡Comilonas!—dijo Su Ilustrísima.—Por mi parte, doy las gracias al señor cura.
—Si Usía Ilustrísima no gusta de este festejo—dijo Romero con sumisión,—renunciamos á él.
—No, hijos míos, ¿por qué? Celébrese el banquete, que ya supongo ha de ser frugal y decoroso. Pero no asistiré; primero, porque no gusto de festines; segundo, porque celebran ustedes con él un acto político, y yo huyo de los actos políticos.
—Siento en el alma que Su Ilustrísima no nos acompañe—dijo el cura.—¿Acaso vamos á celebrar una orgía? El salmista ha dicho: «Banqueteen los justos.» Et justi epulentur.
—Et justi epulentur et exultent in conspectu Dei—añadió vivamente el prelado.—«Y regocíjense en la presencia de Dios.» No violentemos los sagrados textos, señor cura, ni sostengamos que el inspirado David nos recomienda la glotonería.