—¡Oh! Ilustrísimo Señor—exclamó el párroco,—lo que Usía diga esa será mi ley.
—Pues digo que celebren ustedes su banquete profano; pero que no me inviten á él, porque no voy. Por lo tanto, luégo que hayan ustedes comido, alargaré mi paseo hasta allá. No es muy lejos.
—No hay más que bajar á la ría, pasar el puente de Judas, subir los prados de D. Juan Amarillo, y en seguida se llega al Soto.
—Ya, ya sé el camino.
Entró un criado con una carta para don Juan. Este la abrió, y después de recorrerla con la vista, dijo:
—Es de Daniel Morton. Me escribe anunciando que se embarca mañana por la mañana, y se despide de todos.
Don Angel miró con disimulo á su sobrina. Fuerte, animosa, heróica, Gloria recibió el golpe sin dar á conocer las grandes sacudidas de su alma angustiada. Sólo D. Angel, sabedor del caso, creyó distinguir una extraña neblina en el rostro de la joven. D. Juan la miró también. Quizás se hubiera entablado conversación sobre Daniel Morton; pero entró el Sr. de Amarillo, y que quieras que no, tuvo que sentarse á la mesa y tomar un bocado, aunque con prisa, porque el juez le estaba esperando para ver qué resolución se tomaba en el negocio de Caifás. D. Juan de Lantigua, á quien consultó, dijo de este modo su opinión:
—No veo razón alguna para molestar á Mundideo, mientras que no se le pruebe que ese dinero ha sido mal adquirido.
—Es que se le probará.