—¿Le falta á usted algo en su caja?
—No, señor; pero el dinero no sale de la tierra como la hierba. Caifás ha robado á alguien. Propongo que todos los vecinos de Ficóbriga recuenten sus fondos, y mientras tanto que José Mundideo sea puesto á la sombra.
—Pero la ley...
—¿Qué ley, ni ley?...
—Sr. D. Juan—dijo el cura,—¿quiere usted venir á comer mañana á mi casa del Soto?
—Ya sé que han ganado ustedes las elecciones. ¡Bien por el ejército de Cristo!—exclamó Amarillo con entusiasmo.
Y levantándose al instante con una copa de vino en la mano, añadió:
—Propongo un bríndis, señores. Brindo por Su Ilustrísima D. Angel de Lantigua, el glorioso hijo de Ficóbriga, el apóstol más ferviente del apostolado español, el modelo de virtudes, de quien todos debemos tomar ejemplo, el varón piadoso, el justo...
—Por Dios, por Dios—dijo Su Ilustrísima tapándose los oídos y todo confundido y turbado.—Basta de incienso, D. Juan, basta, basta. El mejor bríndis que usted puede dirigirme y el único que le agradeceré, es no molestar al pobre Caifás.
Todos los presentes besaron el anillo al prelado, y cuando éste se retiró, tomaron café.