—Morton, amigo de mi alma—dijo con pasión,—te suplico que te vayas. Vete, si quieres quedarte en mi corazón.

—¡No quiero, no quiero!

Lo dijo con tanta fuerza, que causaba miedo.

Gloria sintió circular en derredor de sus sienes un remolino ardiente que cegaba las claras facultades de su espíritu, como el vértice de caliginosos vapores que obscurecen la luz del sol.

—Amigo, si quieres que te quiera más que á mi vida—dijo medio trastornada,—vete, y déjame en paz... ¿No crees lo que te digo? Ausente, ausente es como te quiero más.

—¡Falsedad, falsedad, falsedad!

—¡Oh, qué pequeño eres!—exclamó la joven apelando desesperada á la razón.—Esto es indigno de tí. No eres como yo creía, Daniel.

—Soy... como soy—murmuró Morton,—y no de otra manera.

—Te aborreceré.