—Aborréceme. Lo prefiero... es mil veces preferible.
—Todos los lazos están rotos—agregó con viva agitación la señorita de Lantigua.—¿Por qué no huyes de mí?
—Huí ya... pero el destino, Dios, ó no sé quién, me ha traído otra vez á tu lado.
—¡Dios, Dios!—exclamó ella con desesperación.
—No creo en la casualidad.
—Yo creo en Satanás.
Furioso viento se levantó entonces, como para secar la tierra inundada. Apenas se oyeron estas palabras de Morton.
—¡Oh, por el Dios que hizo el Cielo y la tierra! Gloria, Gloria de mi vida, ven, huye conmigo, sígueme.
—¡Jesús!—gritó la señorita de Lantigua horrorizada.
—Tú no entiendes las misteriosas voces del destino, de Dios. El Cielo y la tierra, todo me está diciendo: «es tuya...»