—¡Quién dijo miedo!... ¿Vienes tú, Gloria?
Esta, durante las observaciones meteorológicas se había visto precisada á contestar á varias preguntas del joven de Horro, y á escuchar estudiadas frases que bajo frivolidad aparente escondían la intención amorosa.
—¿Vienes, Gloria?—repitió D. Juan.
—No—replicó ella vivamente,—tengo que rezar, y me vuelvo adentro.
El semblante de Rafael se nubló como la Cotera de Fronilde.
—Se le exime á usted de la obligación por esta tarde—dijo afablemente y con cierto tonillo de galantería Sedeño.
—No, no; que rece, que rece—dijo D. Angel.—Sr. D. Rafael, déme usted el brazo.
Gloria volvió á entrar en la Abadía, y los demás emprendieron su paseo por una vereda pedregosa, que empezaba detrás de la Iglesia y terminaba en la playa. Delante iba D. Angel, apoyado en el joven orador y periodista, imagen de la Iglesia sostenida por la entusiasta juventud batalladora. Desde aquel rústico sendero se veía el mar en extensión considerable. Dos ó tres lanchas corrían tendiendo las blancas olas hacia la barra, y allá lejos, muy lejos, en el punto en que se confundían cielo y tierra, una mancha negra ensuciaba el azul del firmamento.
—Un vapor—dijo Su Ilustrísima.