—Pasa de largo—indicó Romero.
En el mismo instante, el sol dejó de iluminar el grupo de paseantes.
—Parece que el señor párroco se va á salir con la suya—apuntó D. Angel.—Nos quedamos sin sol, aunque más allá sigue descubierto. Esto pasará.
—Tenemos agua—manifestó el barómetro.
Don Angel miró al cielo, y al mirar le cayó una gota de agua en la punta de la naríz.
Don Juan extendió la mano, diciendo:
—Caen gotas.
—Ya que estamos aquí—propuso D. Angel alargando también la mano,—más vale que sigamos y demos la vuelta por el Resguardo para salir á casa. Casi se tarda lo mismo.
—Pues adelante—dijo D. Silvestre, abriendo su paraguas rojo y dándolo á Rafael para que cubriese al señor obispo.
Don Juan abrió también el suyo. Las gotas menudeaban. De pronto una racha de Noroeste sopló con fuerza, levantando remolinos de polvo, pues la tierra apenas se había mojado, y azotando con violencia suma á los paseantes, obligóles á detenerse un momento. Las ropas talares del obispo, del cura y del secretario se arremolinaron silbando en torno de los cuerpos, como si el viento quisiera arrancárselas para ponérselas él.