—¡Dios mío! ¿qué es esto?—exclamó don Angel.

En poco tiempo la nube parda se extendió por todo el cielo, cubriéndole. Los viejos álamos de tronco leproso y de sonoras hojas se encorvaban gimiendo, y sacudían sus ramas con movimientos de desesperación. El viento, después de barrer furioso los tejados, arrancando todas las tejas que no estaban seguras, caía con furia loca sobre el mar, y embistiendo las olas las ahuecaba, silbando en los cóncavos cilindros de ellas y esparciendo su espuma. Había desaparecido el horizonte, y cielo y tierra eran una inmensidad blanquecina, toda agua, toda bruma. De repente, velóz culebra de fuego violáceo cruzó el espacio, vibrando fugazmente en él como el pensamiento dentro de nuestro cerebro, y después sonó allá arriba hondo estrépito de mil montañas que parecían rodar, chocando unas con otras.

La lluvia empezó á caer fuerte, punzante, espesa, torrencial. Calado en un instante hasta los huesos, D. Angel se volvió á sus amigos, y con voz dolorida y semblante de compasión profunda, exclamó:

—¡Pobres marineros, pobres navegantes!


XIV
El otro está cerca.

Gloria penetró en la Iglesia, gozosa de encontrarse sola y en sitio á propósito para soltar el freno á su imaginación. En el sagrado recinto no había ya sino cinco ó seis personas, entre ellas Teresita la Monja, que era la última que salía, y dos marinos ancianos que iban todas las tardes.

Dirigióse á la capilla de su familia y sentóse en un rincón de ella, mirando al altar. La tranquila atmósfera del templo, la media luz, el silencio, eran como un espejo donde el alma posaba blandamente sus ojos y se veía. Buena ocasión también para rezar, para mirar á Dios cara á cara, como si dijéramos, y subir hasta El con el pensamiento, dejando acá todo lo que puede dejarse. Así lo pensó Gloria.