—¿Que no me acuerde? ¿Que no me acuerde de quien me da el pan de cada día? No la aparto á usted del pensamiento á ninguna hora, y creo que antes que olvidar á mi ángel tutelar, me olvidaré de mí mismo y de la salvación de mi alma. Me parece que veo en todas partes á mi Divina Pastora. Anoche, señorita Gloria, soñé con usted.
—¿Conmigo?—dijo Gloria sonriendo.—¿Qué soñaste?
—Una cosa triste, pero muy triste.
—¿Que me moría?
—No: que me había olvidado usted á mí y á mis pobres hijos y ya no nos hacía caso.
—Es particular. ¿Y por qué os olvidaba yo?
—Porque estaba usted enamorada.
Gloria se sonrojó, poniéndose seria.
—Sí: soñé que había venido un hombre.
—¡Un hombre!