—Es claro. ¿Pues á quién podía querer usted sino á un hombre?... Yo le veía, y me parece que le estoy viendo.
—¿Cómo era?—preguntó Gloria sonriendo.
—Era... ¿cómo decirlo?... un hombre horrible, espantoso...
—¡Jesús!
—No, entendámonos... no era horrible de cara, sino al contrario, tan hermoso, que no hay otro semblante que pueda comparársele sino el de Nuestro Señor Jesucristo.
—Entonces, ¿por qué te espantaba?—preguntó Gloria prestando á aquella trivialidad más atención de la que merecía.
—Porque se la llevaba á usted lejos, muy lejos—dijo Caifás con el énfasis de un artista muy poseído de su asunto.
—Caifás, no me marees con esos novios horribles y guapos y que llevan muy lejos.
—Yo soñé que había venido volando por los aires, y que caía del cielo como un rayo.
—Vamos, calla. Me voy á destemplar otra vez. Esta tarde he estado muy nerviosa en la Iglesia; José, tuve mucho miedo.