Gloria se levantó.

—¿Sabes—dijo después de mirar al cielo,—que la tempestad no cesa? Extraño mucho que de mi casa no me hayan mandado á buscar.

—Es particular—indicó Caifás,—¿quiere la señorita que avise?

—No, ya vendrán. Papá querrá mandarme el coche, y estarán enganchándolo... Pero ahora me acuerdo de que una de las mulas se ha puesto mala ayer... Al menos ha podido venir Roque con un paraguas.

—Yo tengo uno que está roto—dijo Mundideo;—pero algo tapa. ¿Quiérelo la señorita?

—No, esperaré. Han de venir.

Como pasase algún tiempo, Gloria se impacientó mucho.

—Pues estoy con gran cuidado. Anochece, y nadie viene á buscarme. ¿Habrá pasado algo en mi casa?

—¿Quiere la señorita marcharse? Vamos allá. Parece que ahora llueve menos.

—Sí, el temporal cede. Vámonos. Aprovechemos este claro. ¡Cómo estarán esas calles!