—La distancia es corta.
Caifás sacó de detrás de San Pedro un paraguas rojo, y lo abrió dentro de la casa para enterarse de su estado. No era pieza, en verdad, de consolador aspecto para un día de temporal. La tela huía de las puntas de las varillas, dejándolas descubiertas, y los descosidos paños se recogían hacia dentro, plegándose como las hojas de una flor marchita.
XVI
Ya llegó.
—Está bueno—dijo animosamente Gloria.—Vamos.
Después de dar á los chicos todos los cuartos que llevaba, la señorita y el sacristán salieron. Gloria se recogía el vestido, Caifás ponía cuidadosamente el paraguas de modo que su Divina Pastora se mojase lo menos posible, y le indicaba los charcos del camino y las piedras salientes donde debía poner el pié.
—Estoy con cuidado—repitió Gloria.—¿Qué sucederá en mi casa?
Cerca de la Abadía y á mayor altura que ella, contenido por grueso muro de mampostería sobre la calle de la Poterna, estaba el cementerio de Ficóbriga. Gloria nunca pasaba por allí sin sentir religiosa emoción.
—¡Qué mala noche para mis pobres hermanitos, Caifás!—dijo.