—Tú estás borracho... Por Dios, José, ¿querrás callar?... Mira que estoy muy excitada esta noche. Me haces daño.

—Pues callo.

—Aprieta el paso... Vaya, al fin estamos cerca. Veo luz en la ventana del cuarto de papá. Parece que todo está tranquilo.

La noche era obscurísima; mas no tanto que no se viese perfectamente la superficie de un gran charco que las aguas habían formado en la plazoleta frente á la casa de Lantigua.

—Bonito está esto, Caifás. Si es un lago la plaza...

—Yo pasaré á la señorita en brazos—dijo Caifás disponiéndose á hacer lo que decía.

—No, no es preciso. Por aquí, por el callejón se puede pasar á la casa vieja. Me parece que está abierta la portalada.

Ya hemos dicho que el palacio de Lantigua lo componían dos casas, la vieja morada solariega de los primeros Lantiguas y la moderna que fabricó el indiano y que fué heredada por D. Juan. Ambos edificios estaban unidos exterior é interiormente, pero la vieja no tenía sino un par de piezas habitables. Lo demás destinóse á granero y almacén. En la planta baja había un hermoso establo y las cocheras. Por la portalada de la casa antigua entró Gloria, después de dar las gracias á Mundideo por su compañía.

Subió rápidamente la escalera vieja, atravesó el largo corredor desierto y entró en una vasta pieza que servía para conservar frutas en cuelga, y contenía sacos vacíos, arcas y otros objetos. De allí se pasaba á otra pieza amueblada que servía de comunicación con la casa nueva. Gloria empujó la puerta y al pronto sorprendióse mucho de ver luz allí donde no habitaba nadie. Entró y miró á todos lados, quedándose atónita y sin habla por breves momentos. Allí había un hombre.