Estaba tendido en la cama y cubierto con gruesas mantas, á excepción de la cabeza. Sobre la cercana mesa había una luz. La señorita dió algunos pasos hacia el lecho, y vió un rostro lívido y dolorido, con algunas manchas amoratadas como de golpes, entreabierta la boca, cerrados los ojos, ligeramente fruncido el ceño, húmedo el pelo. El perfil de aquella cara era perfecto, la frente hermosísima, entre obscuros cabellos desordenados. De las cejas rectas ligeramente arqueadas hacia la sién, partía la naríz aguileña, fina, intachable, como cortada por diestro cincel. Bigote castaño y barba del mismo color, un poco puntiaguda y ligeramente bifurcada en su extremidad, remataban dignamente un rostro que era de los más acabados que pueden imaginarse. Gloria, en aquel breve instante de observación, hizo un paralelo rápido entre la cabeza que tenía delante y la del Señor que estaba en la Abadía, dentro de la urna de cristal y cubierto con blanquísimas sábanas de la más fina holanda.

Pero no había tenido tiempo de hacer deducción alguna cuando se abrió la puerta que comunicaba con la casa nueva, y aparecieron D. Angel y D. Juan. Andaban con cuidado para no hacer ruído.

—¡Oh! ¿Ya estás aquí?—dijo D. Juan.—¿Por dónde has entrado?

—Por la portalada.

—Hija, no mandé á buscarte porque no hemos tenido un punto de reposo. Ya ves.

Don Juan señalaba al hombre.

—Nos hemos llevado un rato, hija...—dijo el obispo con orgullo.—Pero por bien empleado. Hemos realizado un acto heróico.

Gloria preguntaba con la mirada.

—Ahí lo tienes, ahí tienes á un desgraciado joven á quien acabamos de salvar del furor de las olas. ¡Qué satisfacción tan pura!