—Pero no hagamos ruído—murmuró don Juan.—El médico ha dicho que no hay ya cuidado; pero que se le deje descansar.
—¿Y quién es?—preguntó Gloria.
—Es... el prójimo. ¿Qué nos importa? ¡Bendito sea Dios que nos ha permitido hacer esta obra de caridad!
—Si no es por D. Silvestre...
—¿Don Silvestre le sacó?
—De en medio de las olas, hijita. Todavía estoy conmovido. ¡Qué tarde hemos pasado! Pero triunfamos de los elementos, y todos se salvaron. Los pobres náufragos están repartidos por las casas de Ficóbriga, y á nosotros nos ha tocado éste... Pero estás hecha una sopa, hija. Ve á mudarte de vestido.
El hombre se movió entonces, y dijo algunas palabras en lengua que ninguno de los presentes entendió.