Retrocedamos unas cuantas horas.
Después que Su Ilustrísima, bajando de paseo á la playa, dijo aquellas palabras: «¡pobres marineros, pobres navegantes!» siguieron andando á toda prisa para guarecerse en la casilla del resguardo. Todos deploraban el chasco, y aunque D. Angel reía para animar á los demás, antes se oían quejas que felicitaciones en el grupo. El grave doctor López Sedeño tuvo la mala suerte de meter su pié derecho en barro hasta la pantorrilla, con lo que todos recibieron gran disgusto. Por fin llegaron á la casilla del resguardo, que fué como tocar la tierra después de un largo viaje por entre escollos y tormentas.
—Es cosa de cantar un Te Deum—dijo Romero sacudiéndose la ropa.
Don Angel, tomando asiento en un barril vacío que le presentaron, repitió:
—¡Pobres marineros!
En el mismo instante oyóse un cañonazo. Era un buque que pedía auxilio. Miraron todos, y entre la bruma del mar vieron un fantasma que elevaba sus brazos al cielo con desesperación, vomitando humo.
—¡Un vapor, un vapor!—gritaron todos.
En el embarcadero, reuniéronse al punto muchos marinos y pescadores.
—¡Se estrella contra Los Camellos!