—A los condenados ingleses—observó Germán,—les pasa esto por borrachos. Sabe Dios los cuartillos de aguardiente que tendrá á estas horas en el buche el capitán.

—No digáis desatinos, hijos míos—manifestó con angustia el señor obispo,—y ved si podéis salvar á esos desgraciados.

Germán puso un gesto que daba miedo.

—Ese buque venía á nuestro puerto—dijo el prelado, buscando todos los medios para interesar á los rudos marineros ficobrigenses,—con el fin de traernos riquezas, mercancías, dinero, trabajo.

—Perdone Su Ilustrísima—gruñó uno de los presentes.—El Plantagenet no puede entrar en esta ría. No es sino que pasaba para Levante, se sintió con averías y quiso guarecerse en el abra de Ficóbriga, aguantándose á máquina. Pero se le rompió el timón, y ya ve Su Ilustrísima... Dentro de dos horas no quedará nada.

—Sí, ya veo que el buque no puede salvarse; pero la tripulación, la tripulación...

En aquel momento el pobre Plantagenet volvió la proa á Noroeste y hundió toda la popa en el agua. Había caído en la trampa. Los agudos escollos, como tenazas de hierro, trincaron la quilla de popa y la hélice: la presa no debía ser soltada ya. Alzaba el buque moribundo la proa, dejando en descubierto toda la roda y á ratos parte de la quilla. Ya no se movió más; y en su convulsión postrera temblaban las rotas jarcias; y el palo de trinquete con la doble cruz formada por las vergas se doblaba como un báculo roto. Entonces las olas avanzaron triunfantes sobre el cadáver de la nave que ya era un cuerpo inmóvil, y se posesionaron de él, ébrias de feróz gozo. Una entraba frenética y se metía hasta las bodegas; otra pasaba por encima de la cubierta arrollando cuanto hallaba al paso; ésta subía, salpicando por las escalas de las jarcias, hasta tocar las cofas; aquélla se estrellaba contra la convexa armadura negra; y otra, la más fatua de todas, daba un salto hasta la chimenea y entraba por la boca para inundar las máquinas.

—¡Hijos míos!—exclamó el obispo en tono grandioso, alzando la mano bendecidora de los pueblos.—No sois cristianos, no sois españoles, si dejáis perecer á esa pobre gente.

Los marineros gruñeron. Se miraron unos á otros, buscando entre ellos al más valiente. Pero el más valiente no parecía.

—No se puede, Ilustrísimo Señor—dijo al fin Germán, encogiéndose de hombros.