—Parece que se aplacan las olas—manifestó D. Juan, que trataba de convencer á dos marineros amigos suyos.

—¡Animo, muchachos!

—En nombre de Nuestro Señor Jesucristo—dijo Su Ilustrísima con exaltación evangélica,—os suplico que salvéis á esos pobres náufragos. ¡En nombre de Nuestro Señor!...

Profundo silencio. Alguno se rascaba la oreja. Alguno se escabulló bonitamente, subiendo á Ficóbriga.

—Señor, que nos vamos á ahogar todos—exclamó Germán.—¿No ve usía esas mares como montañas?

—Fuera de aquí, cobardes—gritó una voz enérgica, terrible, única voz digna de alzarse entre la espantosa música de los mares.

Era la voz del cura.

—¿Qué, se atreverá el señor cura?...

—¿Pues no me he de atrever?—vociferó don Silvestre arrojando manteo, canaleja, paraguas, inútil carga de fastidiosos dengues. Su impetuosa naturaleza, su indómito valor, hecho á los combates con la Naturaleza, mostróse en sublime cuadro.