—¡Bien, bien por el soldado de Cristo! ¡Bien por el sacerdote!... ¡Aprended, hombres sin fe!—exclamó el obispo derramando lágrimas de piedad y admiración.
Don Silvestre se arremangó los brazos, mostrando las musculosas manos de oso, aquellas manos que lo mismo tomaban la hostia que el remo. Quitada también la sotana, se encajó una camisuela de lana.
—¡Venga la trainera[A], un cable, dos!... A ver quiénes son los guapos que me van á acompañar.
[A] Embarcación del país.
—Yo, yo, yo...
Y todos querían ir.
—Tú, tú, tú, tú...—dijo rápidamente el cura, escogiendo su escuadrón.