—En España, en Ficóbriga, humildísimo puerto de mar, que si tuvo la desgracia de presenciar la pérdida del Plantagenet, también ha tenido la dicha de arrancar ocho hombres á la muerte.

Con acento patético y solemne dijo el náufrago:

—¡Señor, Señor nuestro! ¡cuán maravilloso es tu nombre en toda la tierra!

Y el obispo repitió el salmo en latín:

¡Domine, Domine noster, quam admirabile est nomen tuum in universa terra!

Hubo un instante de grave silencio, en que todos los presentes sintieron su corazón palpitar con fuerza.

—¿Y qué tal se encuentra usted?

—Bien, bien—respondió el extranjero con seguro tono, poniendo la mano sobre su corazón.—Gracias.

—Aunque habla usted nuestra lengua, se me figura que es usted inglés.

—No señor; yo soy de Altona.