—Bien, ¿pues qué se pierde? Yo le diré algo que le llegue al alma. Sembraré, hijo. Si la simiente cae en pedregales, no es culpa mía. Habré cumplido con mi deber.

—Caerá en pedregales—afirmó D. Juan con la sequedad del hombre acostumbrado á ver las malicias del mundo, y cansado de arrojar simiente sobre él sin que naciera jamás.

—Pero figúrate que Dios le toca el corazón, figúrate que un rayo de luz... Nada, no me quedaré sin intentarlo.

—Perderás el tiempo, querido hermano.

—O no... Ese caballero me ha demostrado no ser un alma vulgar. Al contrario, posee un entendimiento privilegiado.

—¡Oh, eso sí! ¡qué lástima!...

—Y un gran corazón.

—También.

—Tenemos lo principal, el terreno.

—¿Y las preocupaciones, y la costumbre, y las ideas adquiridas ya, es decir, la mala hierba que ha echado raíces y todo lo invade?