—Hombre, por Dios. ¡La hierba!... me río yo de la hierba. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó el modo de arrancarla y echarla al fuego. Yo no desconfío hasta no probarlo... ¿Me permites que le proponga quedarse unos cuantos días más?
—Como quieras. Veremos qué tal lo toma... Pero no vayamos á perder su buena amistad, y hasta el agradecimiento que nos tiene...
—Pues mira tú, por eso del agradecimiento le voy á meter el diente; esa es la hendidura de su coraza, y por ahí, por ahí...
Don Juan se echó á reir. Después llamó á su hija. Gloria se había desayunado á la hora en que los pájaros saludan el día, porque en aquél tenía muchas ocupaciones la señorita de Lantigua y era preciso empezar pronto.
Cuando por el comedor pasó apresurada como persona que trae muchos negocios entre manos, su padre le dijo:
—¿Te has olvidado del café para ese caballero?
—No señor. Se lo han subido ahora mismo.
—¡Qué mal gusto tienen estos extranjeros en no gustar del chocolate!—dijo el reverendo D. Angel, arramblando lo que en el fondo del cangilón quedaba.—Gloria, sobrina mía, acompáñame á dar una vuelta por el jardín.
Sedeño tomó un periódico que había llegado la noche anterior, y dirigió á él los vidrios de sus anteojos, poniendo cara de gran importancia.