—¡Oh, quién sabe!—exclamó Gloria, elevando sus ojos al cielo como para preguntarle si era verdad la suposición de su tío.—¡Dios dispone tan admirablemente las cosas!

—El es la verdad, la vida, el camino. Nada, estoy decidido á dirigirme á ese caballero, á encararme atrevidamente con él, como ministro que soy de Jesucristo, y decirle: «Morton, tú debes ser católico.»

—Muy bien, tío—exclamó Gloria, aplaudiendo con entusiasmo.

Sus ojos se humedecieron ligeramente.

—Estoy decidido—continuó Su Ilustrísima, sintiendo en sí la inspiración evangélica, que le hacía tan admirable en el púlpito,—á decirle como Jesús á Lázaro: «¡Morton, despierta; Morton, levántate! Tú no has nacido para vivir en la región de las tinieblas. Arroja esa sacrílega venda y mira esta luz que tengo en la mano, esta luz divina que el Señor se ha dignado confiarme para que te guíe, para que te ilumine. Ven y reposa sobre mi corazón, hijo mío; ven á aumentar el reinado de Jesucristo con tu preciosa inteligencia, con tu sensibilidad exquisita, con tu noble aunque extraviado espíritu.» ¡Oh! y si viene, ese día será el más glorioso de mi vida, porque habré arrancado de las manos de Satanás una víctima; habré rescatado un miserable cautivo de las regiones infernales; habré conquistado una oveja al rebaño de Cristo y aumentado los celestes dominios de la Iglesia; y cuando Dios me llame á juicio, podré decirle: «¡Señor, he ganado una batalla al enemigo!»

—¡Oh, tío, tío de mi alma!—exclamó Gloria, besando con frenesí las manos del prelado, trémulas aún por la oración oratoria.—¡Usted es un santo!

—Santo, no; pero al considerar este caso de que ahora hablamos, no se aparta de mi mente el recuerdo de aquel gentil llamado Saulo, que después fué gloriosísimo apóstol. Yo sería felíz desempeñando el papel de Ananías, que por mandato de Dios corrió en busca del perseguidor de la Iglesia, y le dijo: «Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» Y al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y levantándose, fué bautizado.

—San Pablo.

—Una de las más gloriosas conquistas de la fe cristiana, sí. Aquel hombre era tan despejado, que Nuestro Señor quiso traerle á su servicio y le trajo. Hace dos ó tres días que no pienso más que en esto, y cuanto más trato á ese joven, y oigo sus palabras, y mido la altura de su discernimiento, más vivos son mis deseos de decirle: Saulo hermano, Jesucristo me ha enviado á devolverte la vista. En las empresas heróicas, más energía y bravura desplega el alma, cuanto más señalado es el mérito de la plaza que se quiere conquistar y más grandes la fama y destreza del enemigo.

—Y como Daniel parece...