—No parece, sino que es una de las más acabadas hechuras de Dios. Cuando veo aquel admirable y soberbio vuelo de su entendimiento, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!» ¿Recuerdas qué bellísima explicación hizo de las fuerzas de la Naturaleza, relacionándolas con la previsión divina?

—Sí, sí, lo recuerdo.

—¿Y aquella sencilla y patética figura que trazó de las costumbres de su anciana abuela?

—¡Oh! Sí, sí, lo recuerdo.

—¿Y las consideraciones que hizo sobre la muerte de sus dos hermanas doncellas, contagiadas de la peste por asistir á los enfermos?

—Sí, tío, sí... lo recuerdo bien.

—¡Y qué bien manifestó sus aficiones sencillas, patriarcales, exentas de vicios, su admiración á las obras de Dios!

—También, también lo tengo presente.

—¿Y el cariño que tiene á nuestro pobre país tan desgraciado?...

—Sí, sí, tío, todo lo recuerdo.