Luégo que esto dijo marchó á la carrera hacia la puerta.

—Gloria, Gloria—indicó el padre obligándola á detenerse.—Ven acá; no salgas de aquí. Siéntate...

—¡Ay! no puedo, no puedo ver que en un día de tanto apuro se les pasee el alma por el cuerpo—exclamó la joven sentándose.—Yo me abraso la sangre. Llegarán y no habrá nada preparado.

—Mira, hija—dijo el buen señor riendo:—es preciso que aprendas á no ser tan vehemente, á no tomar tan á pechos cosas nimias y de escaso interés para el cuerpo y para el alma. ¿Cuándo te enseñaré la serenidad y el aplomo que debe tener la persona en presencia de los actos comunes de la vida? Díme, si pones esa exaltación y esa fuerza inusitada de la atención en negocios triviales, ¿qué piensas hacer cuando te encuentres en alguno de los mil graves lances que ofrece la vida? Reflexiona en esto, hija mía, y modera tu arrebatado temperamento. Mira, la pobre Francisca á quien tú acusas, te podrá dar buenas lecciones. Observa con qué admirable método y previsión y reposado estudio hace las cosas de la casa. Parece que tarda, y sin embargo, todo lo hace con prontitud, porque todo lo hace bien. En cambio, tú con tu impaciencia y ligereza te equivocas á menudo y ó no concluyes nada, ó si concluyes algo, es preciso volverlo á empezar. Yo he visto muchachas atolondradas, ligeras como el aire, y vivas y deslumbrantes como la luz; pero tú, hija mía, á todas les das palmetazo. Agradece á Dios que te hizo buena, piadosa, honesta, que te dió natural honrado y generoso, que puso en tu alma las maravillas de la fe, todos los sentimientos puros y nobles y el don de la gracia inefable, dejando las agitaciones para la superficie.

—Si Dios me dió tantas cosas buenas—dijo Gloria con la convicción de un Padre de la Iglesia,—también es El quien me ha dado este genio vivo, esta impaciencia porque pase pronto la vida, y este afán de llegar á mañana.

—Vamos á ver. ¿Qué motivo hay para que la próxima llegada de mi hermano te haya puesto en ese sobresalto calenturiento?

—Como que hace tres noches que no duermo—repuso ella.—A fe que hay poco que hacer... ¿A un señor obispo se le puede recibir como á cualquier persona? Mi tío traerá consigo á su secretario el doctor Sedeño, y quizás quizás á dos de sus pajes, ó cuando menos á uno; ¿y no se han de disponer las cosas para tantos y tan dignos huéspedes? Si me fiara de Francisca, ya había que tener paciencia hasta el año que viene. ¿Cree usted que hay poco que hacer? Pues nada: todo el piso bajo de la casa es poco para la gente que viene. Y no se les va á poner en la mesa pan, vino y aceitunas. Tres viajes ha dado Roque para traer lo necesario. ¿Pues y la capilla?

—Vamos á ver, ¿qué tiene la capilla?

—Nada; que Su Ilustrísima querrá decir misa en ella como la otra vez. ¡En bonito estado se hallaba la capilla! Ha sido preciso dar tres jabonaduras al Cristo, en cuyo santo cuerpo las moscas habían hecho más desperfectos que los judíos. El manto de la Virgen, perdido: he tenido que quemarlo y hacer otro nuevo con el terciopelo que compré para mí. Yo creí que no saldrían con toda la tiza que hay en la casa las manchas de los candeleros. Afortunadamente Caifás y yo fregoteamos bien, y todo ha quedado como un oro... Pero ¡ay! ¡si supiera usted que los ratones se habían empezado á comer los piés de San Juan!...

—¡Pícaros animalejos!—exclamó D. Juan riendo.