—¡No sé qué les haría! Gracias á que Caifás, que es tan habilidoso, le puso al santo en las heridas de los piés no sé qué pastas y rellenos, con lo cual y una mano de pintura, ha quedado muy bien... Ya no harán más picardías estos tunantes que nada respetan. En tres días que van de armada la ratonera han caído once, todos como lobos... ¿Todavía le parece á usted poco trabajo el mío?
—Me parece demasiado.
—¿Pues y las camisas que he tenido que hacer á los hijos de Caifás para que puedan salir á recibir decorosamente á mi tío? ¡Y se asombra usted de que entre y salga y suba sin cesar! Yo soy así, papá querido.
—Tú eres así... lo sé. Dios te bendiga.
—Adoro á mi tío, que es un santo, y me siento tan felíz al considerar que va á vivir bajo el mismo techo que yo; me parece tan poco lo que tenemos para obsequiarle, que quisiera traer aquí las maravillas de los palacios de un rey, y no teniéndolas, me doy á inventar mil agasajos para albergar dignamente á quien tanto se parece á Dios... No vivo, no puedo tener calma, me desvelo y me consumo... Paso las noches sin dormir pensando en la pachorra de Francisca, en la capilla, en el pobrecito San Juan roído, en los candelabros manchados, en los ratones, en la pequeñez de la casa para tales huéspedes...
—¿Has creído—dijo con bondad cariñosa el padre,—que mi hermano necesita palacios y lujo y ostentación? No, hija mía. Mi hermano, como discípulo de Jesucristo, es humilde. Si esta casa fuera una choza, no sería menos digna de albergarle. Ofrezcámosle corazones puros, ardiente fe y admiración profunda de sus virtudes; regocijémonos al calor de su compañía para ver de imitarle; apropiémonos parte de los inmensos tesoros de su corazón, lleno de Dios, y no nos cuidemos de lo demás...
—Eso es lo primero; pero también...
—Pobre ó resplandeciente de riqueza, la capilla será siempre un recinto sagrado, pues mi hermano ha celebrado y volverá á celebrar en ella cuando los albañiles compongan el techo que se ha caído. Si los ratones se atrevieron con los piés de San Juan, fué porque esos infelices, también criados por Dios, no encontraron bocado más exquisito con que regalarse. Ni la estátua dejará por eso de ser imagen de un bienaventurado, ni éste dejará de interceder por nosotros, aunque no llamemos al industrioso Caifás para que remiende el retrato. Hija mía: que tu alma no atienda tanto á la superficie de las cosas; elévese á las alturas de lo que no ven los sentidos; no se inquiete tanto de los asuntos que la encadenarán demasiado á lo terrestre. Y sobre todo, ese ardor tuyo por cualquier insignificante suceso de un día, no me hace gracia.
Apenas pronunciada la última palabra de este discursillo, oyóse un estallido lejano en los aires, luégo otro y otro, como si los ángeles estuvieran cascando nueces en el cielo.