—Eso no se nombre como profesión lucrativa. Es un excelente medio para hacerse lugar en la política, única carrera de provecho para la juventud.

—Y usted la ha hecho buena—dijo hiperbólicamente el cura.—A los treinta y cuatro años... Este nene va á tragarse el mundo.

—Pero usted no sabe, amigo mío, qué compromisos, qué cargas tan atroces trae este maldito oficio en su primera época. La posición que se adquiere impone...

—¡Ajajá! Ya lo sé. Gastos atroces, ¿no es verdad? ¿Pues qué? ¿Quería usted pescar truchas á bragas enjutas?

—No... ya sé cómo se pescan.

—Por eso dicen que en Inglaterra sólo se dedican á la política los ricos—dijo el cura.—Este sistema me parece excelente.

—En España, por el contrario, es la carrera de los pobres. Y es un mal, lo conozco, pero ¡qué se va á hacer! Los pleitos no dan, amigo mío, sino á los que han empollado el bufete con el calor que les dejó en el cuerpo la silla ministerial. Los negocios exigen capital; el comercio menudo es indigno de quien ha estudiado una carrera científica; no quedan, pues, más que las armas y la política, y á mí no me gustan las armas.

—Las armas de la palabra, de la pluma, amigo mío—dijo el cura con entusiasmo.—¿Sabe usted que si alguna cosa envidio en este mundo es la gloria de usted?

—Pues tiene poco de envidiable—replicó Rafael con cierto tonillo de despreocupación que contrastaba con su habitual prosopopeya.—Yo me río á veces de mí mismo, y cuando estoy á solas en mi despacho, me digo: «parece mentira que seas tú mismo ese que pronuncia tales discursos terroríficos y escribe los artículos furiosos que entusiasman al partido.» Yo, que no soy capáz de matar una pulga ni gusto de que se moleste á nadie, predico la ruína de la sociedad actual; yo, que tengo como cada hijo de vecino mis dudillas acerca de muchas cosas que nos enseña el catecismo, aunque no de las principales, parece, según la vehemencia con que lo digo, que me quiero tragar á los que creen poco.

—¡Ah! ¡ah!—exclamó el cura riendo,—ese es mal común á toda la gente de hoy, blancos y negros. Nadie tiene fe. Hace poco hablaba yo con un señor que pasa la vida escribiendo contra los incrédulos y llevando y trayendo recados al Papa. En confianza me decía: «Sr. D. Silvestre, no hay quien me haga creer en el Infierno.» Yo me reía mucho con sus rarezas, y jamás disputábamos, porque aborrezco las disputas. Ibamos á cazar juntos. Yo le enseñaba el cartapacio de mis sermones para que les echara un vistazo... Ya se ve... Es persona de muy buen gusto y estilo, una especie de fray Luis de Granada sin hábitos y sin fe, y por lo demás sujeto apreciabilísimo, persona excelente. Usted también es de los que hablan mucho y creen poco.