—Entendámonos, señor cura. Yo creo que sin religión no hay sociedad posible. ¿A dónde llegaría el frenesí de las masas estúpidas é ignorantes, si el lazo de la religión no enfrenara sus malas pasiones?
A lo cual el cura, riendo, contestó:
—Pero en esto de creer hay algo más que un freno para contener á los ignorantes. Los ilustrados y los sabios deben acrisolar su fe con el estudio.
—Así debiera ser—dijo Rafael.—Conviene que todos contribuyamos á conservar sólida y firme esta base del edificio social. Si la religión desapareciera, los demagogos y petroleros nos declararían una guerra á muerte. Es cosa que espanta.
—Tremendo, sí.
—Por eso yo soy de opinión de que sigan las misas, los sermones, las novenas, las procesiones, las colectas y todos los demás usos y ritos que se han creado para coadyuvar á la gran obra del Estado, y rodear de garantías y seguridades á las clases pudientes é ilustradas.
—Según usted—observó el cura dando rienda suelta á su jovialidad,—las prácticas religiosas no son otra cosa que una especie de instrumento correccional contra los pillos. Pero Sr. D. Rafael de mi alma, desarrollando su sistema de usted debiéramos decir: «suprímase la religión y auméntense los presidios.»
—¡Oh! no bromee usted y tenga presente que aquí hablamos en confianza y que esto no sale de los dos. ¡Bueno andaría el mundo sin religión! ¡Benditas sean mil veces las creencias que nos legaron nuestros padres y la fe en que fuímos criados! ¡Qué dulce es la religión!... ¡Las mujeres tienen en ella tales consuelos...! Se muere una persona de la familia, madre, hermano, niño, y ellas creen que la verán después y que el difunto se está paseando por encima de las nubes, y si es niño, correteando y enredando de estrella en estrella. La religión debe existir siempre, siempre, y existirá. Además hay en ella muchas cosas que consuelan y algunas que son verdades irrecusables.
—Todas; que no algunas, como usted dice, lo son—dijo el cura afectando cierta gravedad.—Si yo tuviera á mano mis libros ó recordara fácilmente lo mucho y bueno que en ellos he leído, le probaría á usted que todo, todo lo que la religión sostiene es verdad, y todo sirve de gran consuelo al ignorante y al sabio, al pobre y al rico. Pero tengo una memoria perversa, y con mis ocupaciones de cada día no me acuerdo de nada.